Ella estaba muy triste y no sabía cómo consolarla. La había escuchado llorando toda la noche porque un gran desconsuelo se alojaba en su corazón.
En la mañana bajó temprano y preparó desayuno para las dos y luego le tocó la puerta de la habitación. Cuando apareció con el desayuno en una bandeja para compartir, las lágrimas de ella volvieron a dibujarse en sus ojos.
Se sentaron juntas a comer pan con un chocolate caliente que había preparado. Después de un rato en silencio se animó a hablarle. Sabía que cualquier cosa que pudiera decir estaba de más porque no era fácil dar consuelo a alguien que está sufriendo. Era imposible meterse en la piel del ella y saber lo que estaba sintiendo por dentro. Así que le dijo que le contaría un cuento.
Era un rey que tenía un tesoro escondido en una torre de su castillo. Todos los días al despertarse y después de desayunar iba a admirar su tesoro. Se lo había regalado un hada el día de su nacimiento y esta le había dicho que mientras lo conservara siempre sería feliz. La verdad es que era feliz, no podía negarlo, pero vivía siempre preocupado por no perder su tesoro o de que alguien se lo robara, porque pensaba que entonces perdería para siempre su felicidad.
Un día el rey tuvo que hacer un viaje a otras tierras y mientras estaba ausente, llegaron unos ladrones y saquearon el castillo. Fueron a la torre donde se encontraba su tesoro y lo robaron.
Cuando el rey regresó, descubrió que el tesoro ya no estaba y una gran tristeza embargó su corazón. Comenzó a pensar que no sabría cómo iba a vivir sin él, su felicidad se había ido para siempre y no sabía como volvería a recobrar su alegría. Así que ofreció una recompensa a quien lo encontrara.
Con el pasar del tiempo el rey perdió las esperanzas de recuperar su tesoro, pero comenzó a darse cuenta de que a pesar de no tenerlo tenía muchos motivos para ser feliz; tenía una esposa que era adorable, unas hijas maravillosas, un hermoso castillo y muchos súbditos que lo consideraban un gran rey, ellos se desvivían por trabajar con él. Verdaderamente era un buen rey y hacia cosas buenas por su reino. Por tanto, poco a poco iba sintiendo que ya no tenía que estar todo el día preocupado por cuidar lo que una vez perdió. Así que se fue olvidando de él hasta que ya no le hizo falta.
Tiempo después llegó un día un hombre diciendo que había encontrado el tesoro que el rey había perdido, y venía a reclamar su recompensa. El rey recibió al hombre y después de pensarlo quiso hablar a solas con él. Mientras estaban solos le dijo que le iba a dar la recompensa doblemente si se lo llevaba de nuevo con él.
El hombre aceptó muy complacido, pero quiso saber por qué el rey ya no quería su tesoro. Y el rey le respondió: “es que he aprendido que sólo aquello que alguna vez produjo alegría profunda a nuestra vida también puede provocar la tristeza más grande. Por igual, de los peores episodios de nuestra vida siempre surgen las mejores cosas, porque tal vez lo peor que nos ha ocurrido a veces puede ser lo mejor”
En la mañana bajó temprano y preparó desayuno para las dos y luego le tocó la puerta de la habitación. Cuando apareció con el desayuno en una bandeja para compartir, las lágrimas de ella volvieron a dibujarse en sus ojos.
Se sentaron juntas a comer pan con un chocolate caliente que había preparado. Después de un rato en silencio se animó a hablarle. Sabía que cualquier cosa que pudiera decir estaba de más porque no era fácil dar consuelo a alguien que está sufriendo. Era imposible meterse en la piel del ella y saber lo que estaba sintiendo por dentro. Así que le dijo que le contaría un cuento.
Era un rey que tenía un tesoro escondido en una torre de su castillo. Todos los días al despertarse y después de desayunar iba a admirar su tesoro. Se lo había regalado un hada el día de su nacimiento y esta le había dicho que mientras lo conservara siempre sería feliz. La verdad es que era feliz, no podía negarlo, pero vivía siempre preocupado por no perder su tesoro o de que alguien se lo robara, porque pensaba que entonces perdería para siempre su felicidad.
Un día el rey tuvo que hacer un viaje a otras tierras y mientras estaba ausente, llegaron unos ladrones y saquearon el castillo. Fueron a la torre donde se encontraba su tesoro y lo robaron.
Cuando el rey regresó, descubrió que el tesoro ya no estaba y una gran tristeza embargó su corazón. Comenzó a pensar que no sabría cómo iba a vivir sin él, su felicidad se había ido para siempre y no sabía como volvería a recobrar su alegría. Así que ofreció una recompensa a quien lo encontrara.
Con el pasar del tiempo el rey perdió las esperanzas de recuperar su tesoro, pero comenzó a darse cuenta de que a pesar de no tenerlo tenía muchos motivos para ser feliz; tenía una esposa que era adorable, unas hijas maravillosas, un hermoso castillo y muchos súbditos que lo consideraban un gran rey, ellos se desvivían por trabajar con él. Verdaderamente era un buen rey y hacia cosas buenas por su reino. Por tanto, poco a poco iba sintiendo que ya no tenía que estar todo el día preocupado por cuidar lo que una vez perdió. Así que se fue olvidando de él hasta que ya no le hizo falta.
Tiempo después llegó un día un hombre diciendo que había encontrado el tesoro que el rey había perdido, y venía a reclamar su recompensa. El rey recibió al hombre y después de pensarlo quiso hablar a solas con él. Mientras estaban solos le dijo que le iba a dar la recompensa doblemente si se lo llevaba de nuevo con él.
El hombre aceptó muy complacido, pero quiso saber por qué el rey ya no quería su tesoro. Y el rey le respondió: “es que he aprendido que sólo aquello que alguna vez produjo alegría profunda a nuestra vida también puede provocar la tristeza más grande. Por igual, de los peores episodios de nuestra vida siempre surgen las mejores cosas, porque tal vez lo peor que nos ha ocurrido a veces puede ser lo mejor”
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