jueves, 29 de septiembre de 2011

Pequeñas acciones

Voy caminando y me detengo a recoger un pedacito de papel arrojado en el suelo. Sin mucho análisis lo tomo y lo arrojo al contenedor de basura más cercano. Una persona que me observa se me acerca para decirme que no he logrado nada con eso, al final el mundo está lleno de basura. Yo le contesto que tiene razón, pero espero haber sembrado en él la idea de que por cada pedacito de papel que recogemos, hacemos el mundo un poquito más limpio.  

domingo, 25 de septiembre de 2011

El dia que mi mundo se derrumbó

Recuerdo que fue el día en que se cayeron las torres gemelas. Ese día comenzó para mi la etapa mas difícil de mi vida, porque me tocó vivir situaciones que nunca pensé que formarían parte de mi historia. Habíamos pasado toda la mañana metidos en una reunión, cuando de repente entró Mabelisa a decirnos que una avión había chocado con las torres gemelas. Pensábamos que estaba delirando y no le hicimos caso, aunque ella insistió que fuéramos a verlo. Salió del salón de reuniones y seguimos nuestra discusión sobre el nuevo producto que estábamos desarrollando. Al rato ella volvió a entrar y finalmente nos obligó a todos a levantarnos de la reunión para ir a ver en la televisión la historia mas espeluznante e increíble jamás vista. Así también de espeluznante e increíble sería la historia que me tocó vivir esa noche en la casa.

En el resto del día no trabajamos, la pasamos entre llamadas a los amigos y familiares, pasando la noticia de boca en boca. Al medio día ya se habían derrumbado ambas torres y de este lado del mundo aún no podíamos entender lo que había ocurrido. Fue entonces cuando comencé a llamar a Mateo por el celular y por mas intentos que hacía no lo conseguía. Para esa hora, el nerviosismo se iba apoderando de todos, y en mi caso, aunque sabía que él no estaba en New York, me sentía nerviosa de no poder localizarlo. No lo sabía en ese momento, pero tal vez era el presentimiento de lo que me esperaba.

Recuerdo que alrededor de las 5 de la tarde decidí marcharme a casa. No tenía sentido estar en la oficina porque finalmente nadie podía despegarse del televisor y de todas formas ya no estábamos trabajando. Yo seguía preocupada porque no había podido ubicar a Mateo por mas que había marcado repetidamente a su celular, a la oficina y a todos los lugares donde imaginé que podía estar. En la mañana nos habíamos despedido con un beso, yo había salido primero de la casa y no recordaba que él me hubiera dicho que tuviera alguna reunión en particular donde fuera a estar incomunicado.

Tengo fresco aún en la memoria cuando llegué al edificio y cómo todas las personas con las que me cruzaba, solo hablaban del incidente de las torres, o comenzaban a hacer la historia de algún amigo o algún familiar que incidentalmente se encontraba en la ciudad de New York y que estaban varados allá sin saber como ni cuando salir porque había alerta máxima de terrorismo en Estados Unidos y todos los vuelos se habían suspendido.

Cuando entré a la casa volví a encender el televisor, después de todos estos años, no logro recordar sé si fue para seguir angustiándome con la tragedia o para no pensar en la repentina desaparición de Mateo. Estuve un rato cambiando canales en la televisión hasta que me cansé de ver las mismas escenas repetidas una y otra vez y decidí irme a la cama. Fue entonces cuando se me ocurrió revisar antes mi correo electrónico y me dirigí a la computadora antes acostarme.

Al mover el mouse e iluminarse la pantalla vi el chat, al principio no entendí el mensaje, pero al revisarlo claramente, me di cuenta que estaba abierto con el usuario de Mateo, mi corazón comenzó a palpitar aceleradamente. Volví a leer el mensaje y no podía creer lo que leía. Lo releí cientos de veces aquella noche hasta convencerme de que no estaba viendo visiones. Aún 11 años después las frases se repiten en mi cabeza :

― Hola amor como estás.

― Bien corazón y tú

― Ansiosa por verte. ¿Te vas a poder escapar todo el día? Recuerda que me lo prometiste.

― Si mi tesoro, sé que te lo prometí. Ya mi mujer se fue le dejaré una nota sobre la cama como planeamos y nos juntamos al medio día en el hotel de la playa.

― Y ¿que cuento le vas a meter ahora?

― Le diré que se me presentó una reunión de emergencia y que estaré incomunicado y que no tuve tiempo de llamarla.

― ¿y ella te va a creer?

― Claro, ella creé en mi ciegamente. Pondría su cabeza debajo de un hacha y dejaría que se la cortan jurando que yo nunca le sería infiel.

― Te confías demasiado, pero en realidad no me importa, estoy loca por que se entere para que finalmente te decidas a irte de esa casa y te venga a vivir conmigo.

― Aún no ha llegado el momento, paciencia.

― Bueno amor nos vemos en un rato.

Ese día al leer esas líneas sentí que todo mi mundo se derrumbaba igual que las torres gemelas y ya nunca la vida volvió ser como antes.

miércoles, 21 de septiembre de 2011

Volver

Me abrazas, abres la puerta y sin decir una palabra sales y te marchas. Esperé hasta poder alcanzar a ver cada uno de tus pasos que se alejaban. Esperé que el aire de nostalgia que respiraba la noche te devolviera, con alguna proposición concreta, o simplemente con tu presencia. Mientras más te alejabas, sabía que las probabilidades disminuían. Sin embargo te observé hasta que finalmente te perdiste, y con tu desaparición se fueron todas mis esperanzas. No pude moverme por un largo tiempo, quise concentrarme en cualquier cosa que no fueras tú, pero esta vez me ha dolido más que nunca. Quisiera decírtelo, pedirte perdón por todas las cosas que hice y más por las que dejé de hacer. Llegué tarde para eso, como tantas cosas en mi vida.


Me rehúso a entender que tomas la decisión correcta. Que te marchas por el camino más adecuado para ti. Yo solo te traeré tristeza y desilusiones. La vieja historia que ambos conocemos. Así que aunque esta vez pretendía “darlo todo”, palabras son palabras y lo que importa son los hechos, lo sucedido.


Entiendo que esta vez es definitivo, pero mentiría si digo que sin ti todo me lo encuentro tan amplio, tan ajeno. Por eso cierro los ojos y me concentro en pedirte perdón en silencio. Lo repito infinitas veces, con la falsa esperanza de que mis pensamientos de alguna forma tocarán los tuyos, y volverás de nuevo. Aquí, conmigo.

domingo, 18 de septiembre de 2011

Un nuevo despertar!!!


Sábado en la noche. Los odiaba porque hacía varias semanas tenía el mismo sueño y era bien loco. Ella se veía llegando a la sala de un cine. Compraba unas palomitas y un refresco y se sentaba en la sala. Allí no había nadie y de repente se apagaban todas las luces como si fuera a comenzar la película. Entonces después de unos anuncios ella comenzaba a ver una por una las escenas de su vida como si fueran los “trailer” de una película.

En las escenas veía solo aquellos momentos de tristeza de su vida: cuando su mamá la regañaba, cuando sacaba malas notas, el día que se le perdieron sus aretes, los chicos que nunca le habían hecho caso, cuando su marido la había engañado con otra. Entonces ella comenzaba a mirar para todos lados y de repente ahora la sala se veía llena de personas y todos la miraban, como si hubieran descubierto que ella era la protagonista y entonces sentía como se le iban subiendo los colores de la vergüenza, porque todos se burlaban de ella. Salía corriendo de la sala del cine y entonces se despertaba, toda sudada y enojada por haber tenido aquel sueño.

Pero esta noche estaba dispuesta a acabar con aquella pesadilla. Ya tenía muy bien pensado lo que iba a hacer. Así que se tiró en la cama a leer el libro más aburrido que encontró en su librero y al rato estaba durmiendo.

Allí comenzó su sueño. Llegó nuevamente al cine, compró sus palomitas y su refresco habitual, esperó que se apagaran todas las luces y cuando comenzaron los anuncios cerró los ojos y se levantó del asiento. Caminó con los ojos cerrados hasta llegar al pasillo. Escuchaba en el fondo las escenas que había visto cada sábado, pero se conocía bien aquel lugar. Subió por las escaleras y al salir abrió los ojos, buscó la puerta donde estaba proyectando la película y entró.

No había nadie en la sala de proyección. Apagó el proyector, quitó la película. Sacó una caja de fósforo y un frasco de bencina que tenía en el bolsillo y que había traído para la ocasión . Tiró el rollo de película en el suelo y lo encendió. Vió como fue prendiéndose poco a poco hasta quedar totalmente carbonizada susurró un: “Ya no más!!!”, y entonces despertó.

miércoles, 14 de septiembre de 2011

El día que mi mundo cambió


Era una noche de septiembre y estábamos de camino a una gran fiesta. Conversábamos y reíamos distraídos de las contrariedades de la vida mientras escuché tres fuertes sonidos que provenían de la multitud. Me quedé paralizado mientras veía como se dispersaban las personas al frente de nosotros, para luego percatarme que esos sonidos fueron disparos de un arma de fuego. Me quedé aterrorizado al sentir que corríamos peligro, así que giré la cabeza rápidamente en dirección de mi amigo. No olvidaré los ojos de dolor con los que me veía y yo me agarré la cabeza con ambas manos mientras veía la imagen más impactante de mi vida.

Le tendí los dos brazos y lo cargué en mi espalda. Corrí, corrí y corrí y con la mirada desesperada trataba de enfocarme en algún punto. Intenté detenerme por un momento a pensar, a analizar la situación. Sin embargo mi cuerpo estaba tan asustado que mis piernas me dirigían en alguna dirección, cualquiera que fuera.

Finalmente pude llegar a mi carro, lo metí en los asientos traseros y de un brinco ya yo estaba detrás del volante. Noté que mi mano me temblaba fuertemente porque fallé introducir la llave como dos veces en la ignición. Logré encender el carro y aceleré tan fuerte que por un momento creí haber roto alguna pieza. Continué a toda velocidad sin darle importancia a más nada que llegar a un hospital. Traté de hablarle, giré mi cuerpo varias veces para palparlo y decirle que todo iba a estar bien. Aunque al recordar su estado yo mismo no me lo creía. Me brotaban las lágrimas mientras yo trataba de calmarme para intentar transmitirle un aire de positivismo.

Ese día cometí más imprudencias de la que había cometido en mi vida entera. Me fui en rojo en todos los semáforos. Destruí el retrovisor de al menos tres carros (incluyendo el mío), mientras iba a toda velocidad en vía contraria por una calle bien angosta. Además, casi atropello a unas personas que iban cruzando la calle.

Llegamos a la sala de emergencias y rápidamente vi cómo varias enfermeras se llevaban a mi amigo en una camilla. Me detuve un instante y me agarré el cabello mientras pensaba que esto no podía estar pasando, que esto era solo una ilusión, y en cualquier momento todo iba a estar bien. Pero en el fondo sabía que no iba a ser así, que realmente mi mundo iba a cambiar para siempre a partir de este día.

Me acerqué rápidamente a la sala de operación. Intenté entrar mientras gritaba desesperadamente, pero los asistentes me sacaron sin decir nada. Al cabo de unos segundos, que para mí fueron una eternidad, salieron los doctores y asistentes de la sala. Sus gestos negativos en los ojos me lo decían todo. No me atreví a preguntar, no quería escucharlo. Les levanté mi mano como señal de que no hablaran, que permanecieran en silencio.

No importó que llegase lo más rápido que humanamente fuese posible al hospital, ni que hubiese llorado con todas mis fuerzas. No importó tan poco que recurriera al último recurso, el más válido de todos cuando todas las esperanzas te han abandonado: rezar. Toda la situación logró que alguien no creyente recurriese a rezar. Recé como nunca lo había hecho, me concentré en rezar tanto que me olvidé de todo espacio y tiempo. Pero tampoco sirvió de nada. Al final presentía que todo iba a terminar, de la peor manera posible.

Intenté nerviosamente de tomar mi teléfono para hacer una llamada, pero me percaté que no tenía a quién llamar. Él no tenía ningún familiar en este país y en realidad tenía muy pocos amigos. Era una persona que a pesar de ser bastante solitaria era un gran amigo, el mejor de mis amigos. Eso es lo que más me duele, que en todo el tiempo que la pasamos juntos nunca se lo dije. Nunca le llegué a decir cuánto lo quería y disfrutaba de su amistad. Toda una vida juntos y no se lo dije. Tuvo que suceder una tragedia para despertarme de mi silencio y comenzar a expresarle a todos los que me rodean cuanto los quiero.

domingo, 11 de septiembre de 2011

El tesoro que el mar nos regaló

Nos fuimos de vacaciones a una isla en medio del mar Caribe y fueron en verdad unas vacaciones espectaculares. Aunque pareciera de película allí estábamos solamente mi amigo y compañero de vida Daniel, mi hijo, Roberto y yo. Esos días experimenté una gran experiencia de sentimientos encontrados y muy profundos. 

Daniel y mi hijo se levantaban a las seis todas las mañanas a hacer “snorkel”. Yo ni cuenta me daba cuando se iban, porque aunque las noches eran algo calurosas, a esa hora estaba profundamente dormida. Cuando los sentía regresar de su baño mañanero y comenzaban los ruidos de los cacharros en la cocina que anunciaban el desayuno, me levantaba a ayudar en las tareas.

Esa mañana sentí a mi hijo buscar entre los trastos de la cocina, lo escuché sacando y entrando recipientes. En principio pensé que ya estaban en las tareas de la cocina, pero luego escuché sus pasos correr por el balcón de la casa y alejarse ruidoso bajando las escaleras. El silencio volvió a reinar en la casa, esto y un pájaro carpintero que hacía toc, toc, toc en un árbol cercano no me dejaba volver a conciliar el sueño y como ya estaba despierta, decidí levantarme.

Salía del baño cuando lo vi, estaba aún con el pelo mojado y el traje de baño puesto. Se acercó a mi y me abrazó fuertemente y me dijo un “hola mami” que hace mucho tiempo que no escuchaba. Cuando lo separé de mi y lo miré a la cara sus ojos brillaban y sonreía, como se ríe solo la mañana de navidad cuando vas al árbol y lo encuentras lleno de regalos con tu nombre. Me extrañó verlo así y en ese momento pensé que el también se estaba pasando bien las vacaciones. Le pregunté por qué estaba con esa cara y me respondió: “vas a ver lo que encontré”. En eso sentí los pasos de Daniel que se acercaba con un recipiente de la cocina en la mano.

Cuando me asomé al balcón, descubrí entonces la razón de la expresión de su cara. Mientras hacían “snorkel” habían encontrado una estrella de mar y él se había sumergido hasta el fondo y después de tres intentos había agarrado la estrella y la había sacado. Con gran alboroto ahora, brincaba alrededor de la estrella y me repetía una y otra vez todo emocionado que era él quien la había atrapado, que era él quien la había sacado del mar. Me contaba atropelladamente su hazaña, cómo la habían descubierto, cómo Daniel le había hecho señas para que bajara a agarrarla. En un principio él no quería porque no sabía cómo se sentiría al tocarla, pero luego que mi amigo le aseguró que no pasaba nada y después del segundo intento se decidió y la sacó. La habían puesto en un recipiente con agua y algo de arena, para traérmela y que yo la viera, era una estrella de mar enorme.

Tomó entonces la estrella y se la puso en el pecho. Luego se la puso sobre la cabeza. La miraba asombrado, orgulloso, y esa sonrisa que le iluminaba su cara y lo hacía ver hermoso no se apartaba de su rosto. Hablaba sin parar, diciéndome cómo le contaría a sus amigos del colegio sobre todos los peces maravillosos que habían visto durante esos días. Sabía que sus amigos pensarían que todo eso eran exageraciones de él, pero en realidad no le importaba lo que pensaran ellos. Él sabía dentro de su corazón todo lo que había visto y además había tocado con sus propias manos esa enorme estrella de mar. Su entusiasmo me hizo recordar muchos momentos de mi infancia cuando los problemas no existían y disfrutábamos y reíamos de cualquier cosa que nos ocurriera.

Él no salía de su euforia y yo miraba su tesoro sorprendida y mi corazón latía con fuerzas agradeciéndome a mi misma haber tomado una decisión tan acertada de pasar aquellas vacaciones en la isla.

Finalmente entre todos, decidimos que ya era el momento de devolverla. Roberto sabía que solo la había sacado para que yo la viera, para compartirla conmigo y mostrarme su tesoro y tenía claro que la estrella debía volver a donde pertenecía. Con mucha ceremonia. Bajamos los 245 escalones que separaban la casa del mar. Esta vez me tocó a mí bajar con la estrella. Llegamos al mar y se remangó los pantalones, se quitó los zapatos y la dejó en el agua. La vimos alejarse lentamente arrastrando sus brazos libres sobre la arena. Le dije adiós y en silencio le agradecí por esas horas en que nos dejó que fuera nuestro tesoro y por darme la sonrisa mas hermosa que he visto en mi hijo.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

Recordar

Empecemos con la historia de nosotros, aunque en realidad no la recuerdo, así que mejor empecemos con la mía.

Varios años atrás podría recordarlo todo, más bien, en su gran mayoría. Mi cerebro funcionaba como una máquina de procesamiento y de recuerdos constante. Tenía todo pendiente, me preocupaba hasta por el más mínimo detalle y todo estaba aquí, conmigo: cuando hablaba, cuando escuchaba, cuando hacía algo o no hacía nada e incluso hasta llegué a pensar que tenía el control hasta cuando dormía. Podría decir que eran los años de oro de mi memoria, siempre al tanto, siempre activa.

Las cosas son fáciles cuando eres un niño cuyas responsabilidades no sobrepasan de los límites de reír y jugar. Cuando los recursos están siempre disponibles y no sabes por qué, ni mucho menos te preocupa el cómo ni cuándo llegaron ahí. 

Los años trajeron consigo responsabilidades, como evidentemente era de esperarse. Así que mantener todo pendiente más que un placer podían convertirse en un fastidio. Principalmente si los recuerdos iban acompañados de trabajo, cuentas por pagar o cosas que tenias la obligación de comprar. A pesar de eso mi memoria siguió tan pendiente cómo debía estarlo. Para mí, recordar seguía siendo algo constante, evidente, simplemente sucedía, por tanto no tenía que poner dedicación para lograrlo y así continuaron mis días.

Entonces conocí a una persona sonriente y despreocupada. Quizás fue una de las personas más importante de mi vida. Recordarla siempre me traía una imagen de sol y viento deslizándose por su rostro. Recordarla siempre traía consigo un silencio a todos mis otros recuerdos. Me inundaba el cerebro de alegría, e inmediatamente, todas mis preocupaciones eran desplazadas. Por eso, ser más como esa persona y menos como yo se convirtió en mi proyecto. Pensaba que eventualmente podría llegar a transmitir a otros el sentimiento que ella me transmitía. Trataba todos los días con muchas fuerzas de lograrlo. Muchas veces no podía lograrlo, pero lo pretendía. Hasta que con el pasar del tiempo y casi sin darme cuenta, me fui convirtiendo en lo que me había propuesto y por el momento, estaba feliz de serlo.

Quise convertirme tanto en ella que eventualmente lo logré. En su momento tuvo sus beneficios, pero ahora solo sé que me esforcé tanto, pero tanto, que no recuerdo como recuperar mis recuerdos. Recordar es indiscutiblemente importante, principalmente si se hace de forma oportuna. Todavía me pregunto cómo es que pude dejar a un lado ese gran aspecto de mi vida.

domingo, 4 de septiembre de 2011

Felicidad


Estaba triste aquel día. Decidí salir a caminar para ver si me reanimaba. Después de deambular un rato levanté la cabeza y vi un parque. Ya tenía unos meses viviendo por esa zona y salía habitualmente a dar vueltas y nunca había entrado ahí. Vi un banco donde estaba un señor mayor echándole maíz a las palomas y decidí sentarme a su lado a observarlo en su tarea.

— Buenas tardes — dije al sentarme.
— Buenas tardes — Respondió amablemente.

En silencio lo observaba introducir la mano en la bolsa y tirar el maíz, mientras las palomas comían lentamente en nuestros pies. Me concentré en su tarea para no dejar que mis pensamientos me invadieran, tratando de alejar la tristeza, cuando escuche de repente su voz nuevamente.

— ¿Por qué está tan triste? — Me sorprendió su pregunta porque no me estaba observando, seguía dándole de comer a las palomas y ni siquiera me había mirado a los ojos. Podría haberle dicho que no estaba triste, algo me impulsó a contestarle.
— Creo que no he aprendido a olvidar mi pasado. Esa es la razón por la cual la tristeza se ha instalado en mi corazón.
— Vivir en el pasado no tiene ningún sentido — me dijo con una tranquilidad que me dejó fría —. Debemos aprender a vivir la intensidad del presente, sin perder las perspectivas del futuro y olvidarnos de lo que pasó.
— Sí, lo sé. Pero cuanto me cuesta hacerlo. Sobre todo cuando uno siente que no es capaz de perdonar a aquel que te hizo algún daño, cuando uno no comprende como puede odiar a alguien que alguna vez amó tanto — agregué.
— A diferencia del resto de los animales, los humanos somos los únicos seres en la tierra que podemos amar y odiar al mismo tiempo. Todo se debe a las emociones. — dijo con mucha certeza, aún sin mirarme a los ojos.
— ¿Cómo a las emociones? No entiendo. Quizás pueda explicarme — pregunté entonces con interés
— La felicidad es una emoción. Uno no puede ser feliz todo el tiempo. La razón por la que somos infelices es porque pretendemos que la vida sea una felicidad completa y eso es imposible.
— Pero si eso es cierto entonces la tristeza también es una emoción y debe ser igual de pasajera. ¿Por qué entonces siento que la felicidad dura tan poco tiempo y la tristeza parece que no se sale nunca de nuestro corazón? — Pregunté ahora pensando de que podría encontrar una respuesta en aquel señor que parecía lleno de sabiduría.
— De eso tienen la culpa los recuerdos. Cada vez que se recuerda algo se vuelve a revivir lo acordado. Recordar es volver a pasar el sentimiento por el corazón. Entonces volvemos a sentir las emociones que vivimos en el momento que ocurrió el hecho. Las emociones que emanan de la tristeza son mas fuertes que aquellas que salen de nuestras alegrías.
— Y entonces ¿Qué uno debe hacer para sacarse la tristeza del corazón?
— A veces se recuerdan las cosas con la certeza de que sucedieron de alguna forma, pero si se piensa con la razón, uno cae en la cuenta de que las alegrías no fueron tan maravillosas y las tristezas no fueron tan duras como parecen.

Me mantuve en silencio convencida de que tenía más cosas que decir.

— Muchas tristezas almacenadas durante nuestra vida son inconscientes y duran para siempre. Las emociones que tenemos las hemos inventado.

Por primera vez aquel señor levantó la cabeza y vi sus ojos marrones, opacos por el paso de los años, pero llenos de sabiduría que solo se gana con la experiencia. Lo miré con mis ojos húmedos y le pregunté:

— ¿Podrías decirme que debo hacer para recuperar mi vida? ¿Cómo hacer para devolverle la alegría a mi corazón?

Sonrió. Estuvo en silencio por un largo rato. Pensé que él tampoco tenía la respuesta a esa pregunta, la cual tenía meses dando vueltas en mi cabeza. Entonces volví a escuchar su voz.

— Esa respuesta, mi querida, solo la puedes encontrar dentro de ti. Busca en lo profundo de tu corazón y volverás a encontrar la alegría. Pero si quieres un consejo mas realista, mis años me han enseñado que el secreto de la felicidad consiste en tener una muy mala memoria.