viernes, 6 de abril de 2012

Retrospectiva de una noche cualquiera

Entré en la biblioteca como todas las noches. Me disponía a leer mi libro de turno cuando recordé que le había prometido a un amigo que le prestaría un libro que necesitaba. Comencé a buscar en el tramo de referencia, cuando vi que uno de los libros se había movido hacia atrás. Saqué algunos libros para acomodarlo y entonces reparé en un libro que estaba tirado detrás de todos los otros. Estaba lleno de polvo, por lo que empecé a limpiarlo y una foto cayó al piso. Me bajé a recogerla. Al mirar la foto volvía leer el título y mi memoria viajó de repente muchos años atrás.

Era el año 1948 y me había ido de vacaciones a la finca de los abuelos. Tenía 14 años. Mi abuelo estaba reunido con los obreros en la finca dando las instrucciones para la recogida del cacao, les dijo que el “cacao ratonero” lo pagaría a mitad de precio.

Cuando se habían marchado los obreros le pregunté al abuelo que era eso del “cacao ratonero” y el procedió a explicarme: “el ratón es un animal curioso, en las fincas de cacao tiene la habilidad de desgranar completa una mazorca, pero lo que le gusta es la masa, el grano lo deja entero tirado en el suelo al lado de la mata, por eso pago ese cacao a mitad de precio”.

En mi cabeza, estuvo dando vueltas varios días la explicación del abuelo y se me ocurrió pedirle algo. Le dije que quería trabajar. Podía ir a la loma a recoger cacao ratonero, pero quería que me lo pagara al cien porciento. Cuando me preguntó para qué quería el dinero, le dije que quería comprar un diccionario y entonces aceptó el trato.

Pasé todo el mes de diciembre madrugando para ir a la loma a recoger el cacao, lo sequé, lo vendí y a finales del mes había logrado reunir nueve pesos ¡toda una fortuna!.

En esa época vivía en Monte Plata, un pueblo que quedaba a unas dos horas y medias de la capital por carreteras de tierra y en un autobús que parecía un lechero. Mi madre me dio permiso y con el dinero en el bolsillo salí a las 6 de la mañana de mi pueblo rumbo a la ciudad.

A las 8:30 de la mañana ya había llegado el autobús a la estación de Santa Bárbara, camine por la Avenida Mella. En el No. 17 de la Avenida Duarte, quedaba la Librería de la Rosa. Compré mi diccionario Larousse, me costó 6 pesos y con el resto del dinero compré: un cartabón, una libreta, un compás, un lápiz y una goma. Tomé un carro público en la Avenida Mella y me fui a casa de la Tía Josefita, allí almorcé y después del medio día tomé de regreso el autobús hacia mi pueblo.

Pronto corrió la voz en el pueblo de que yo tenía un diccionario. Era el único que tenía uno allí, así que todo el que necesitaba hacer una consulta iba donde mi. No era el chico más popular del pueblo y no tenía muchos atractivos, así que tener un diccionario me valió para ganar cierta popularidad.

Esa tarde estaba sentado en uno de los tres escalones de mi casa cuando la vi asomarse por la esquina con dos compañeras más. Era una de las chicas mas lindas del pueblo, pero completamente inalcanzable para un tipo ordinario como yo. Cuando las vi caminando y detenerse frente a mi casa, el corazón comenzó a latir a toda velocidad.

— ¿Es cierto que tienes un diccionario? — Preguntó una de las chicas que acompañan a la bella.
— Sí, es cierto — le respondí con mucha seguridad.
— No te creemos — respondió otra de las chicas.
— No me importa que no me crean, yo sé que es cierto y no tengo que demostrárselo a nadie — respondí con una mezcla de enojo y cierto orgullo. Entonces esta vez fue ella la que habló. Tenía una voz dulce, melodiosa, como había soñado en mis sueños y fantasías.
— No le hagas caso a ellas — me dijo — me gustaría mucho si me lo mostraras, nunca he visto un diccionario.
No podía creer que me estaba dirigiendo la palabra y no sé de donde se me ocurrió lo que le respondí:
— Te lo enseño si me regalas una foto tuya — no había terminado la frase cuando ya estaba arrepentido de lo que había dicho. Estaba seguro de que daría la vuelta y nunca más la volvería a ver, pero entonces la escuché con una voz decidida.
— Trato hecho ¿Cuándo me lo enseñas? — me respondió.
— Mañana a esta misma hora, pero tienes que venir sola, sin estas dos — no lograba comprender de donde había salido de repente todo esa valentía.
— Bueno nos vemos mañana a la misma hora — respondió y la vi alejarse por donde había venido.
Mi memoria volvió al presente. Habían transcurrido 64 años desde aquella época. Volví a mirar mi diccionario Larousse y la foto. Fue el primer libro que compré y era el libro más antiguo de la biblioteca. Aquel recuerdo me había llevado de repente a hacer un balance rápido de mi vida. Pensé que los años no pasan en vano y que a fin de cuenta llevaba una vida feliz.

Sentí unos pasos que entraban en la biblioteca, sabía quien se acercaba.

— ¿Qué haces? — preguntó mi mujer.
— Estaba buscando un libro que me pidió una amigo — le respondí
— ¿Qué tienes en la mano? — me dijo con curiosidad
— La historia de mi vida — le respondí y le mostré el diccionario y la foto. 


Ella sonrió y me abrazó cariñosamente, cómplice de aquel descubrimiento.

1 comentario:

  1. Muy bonita tu entrada. Y por otro lado, es ensoñador dejar volar la fantasía, que la mayor parte de las veces es mucho más hermosa que la realidad.
    Gracias por traerme al presente aquella chica que conocí en los años lejanos de la juventud.

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