Jugaba con los objetos de la casa personificándolos y nombrándolos. Moviéndolos de un lugar a otro, caminando o corriendo. Imaginaba que el cisne de cristal era una dama elegante y el candelabro de oro era su galán. Con ambos personajes en las manos, inventaba diálogos y representaba distintos encuentros. Disponía de toda una sala con artículos decorativos para poner a volar su imaginación. Además, contaba con una pequeña alfombra y los muebles, los cuales los utilizaba para recrear distintos escenarios.
La sala era su lugar preferido, pero esto no le agradaba en lo absoluto a su madre. Ella lo regañaba amenazándolo con golpearlo si algo llegara a romperse. Él no hacía caso y seguía en lo suyo, hasta que ella llegaba enojada y lo arrastraba por una oreja hasta la salida de la sala. Inquieto como era, tan pronto la madre se distraía, él regresaba nuevamente a su juego. Olvidando completamente que si lo encontraban en aquel lugar de nuevo, tendría muchos problemas.
Un día se asomó a la sala y observó que habían colocado tres nuevos cisnes de cristal. Por sus detalladas terminaciones y el brillo que reflejaban, parecían artículos muy costosos. La madre lo encontró mirando con brillo en los ojos los nuevos objetos e inmediatamente le advirtió sobre el precio y lo amenazó como habitualmente lo hacía. Sin embargo, él poco caso le hizo y tan pronto ella salió de la casa, entró a manosear y a nombrar sus nuevos personajes. Tomó en sus manos dos de los cisnes y correteando por todos lados simulaba que volaban.
Al momento de devolverlos en su lugar, se acercó a la mesa descuidadamente. Tocó ligeramente, con su rodilla izquierda, el borde de la misma. Observó como al otro extremo, el tercero estaba rodando debido al choque. Con el corazón helado, abrió los ojos como si con ellos pudiera detener la caída y sintió que el tiempo se detenía. Por un instante pensó que todo iba a estar bien, el cisne caería en la alfombra y no se rompería. Sin embargo, su mayor miedo se materializó al observar como cientos de pedazos de cristales se desprendían de lo que anteriormente fue un cisne. Lamentablemente había caído unos cuantos centímetros al lado de la alfombra.
Se arrodilló preocupado a buscarle un remedio. Pensó en pegarlos, pero le tomaría un año unir todos los fragmentos. Sabía que su madre se iba a enfurecer e iba pegarle “hasta la muerte”. Así que salió corriendo hacia su habitación y se sentó en una esquina a esperarla. La escuchó entrar y a través de las paredes escuchaba como los pasos se acercaban. Luego se alejaron un poco y él intuía que iba directo a la sala a encontrarse con la situación. Temblaba de miedo en silencio. Entonces con un estruendo escucho un grito que mencionaba su nombre. Los pasos corrían hacía él. Le quedaban “pocos momentos de vida”. Se mantuvo callado en su esquina.
La madre empujó violentamente la puerta de la habitación dispuesta a pegarle, pero al verlo con sus ojos inyectados de terror se paralizó. Por un instante cayó en cuenta que era sólo un niño, jugando con su imaginación. La responsable de todo era ella. Lo había educado por todos estos años y había puesto a su alcance objetos llamativos que invitaban a la imaginación, a los cuales él no lograba resistirse.
Se acercó lentamente a él, se sentó en el suelo a su lado y lloró amargamente junto a su hijo. Ambos habían aprendido una gran lección.