Ese día le habían dado la horrible noticia de que a su madre solo le quedaban algunos meses de vida. Siempre había escuchado que uno debía aceptar la muerte como un proceso natural de la vida, porque esta es simplemente el encuentro definitivo con Dios. Sabía que llegaría el momento en que debía decirle adiós, pero nunca pensó que le costaría tanto separarse de su madre. Así que ese día decidió que debía hacer algo para poder aceptar que ella tenía necesariamente que morir.
Pensó que la única forma de aceptar con resignación la muerte era estar completamente seguro de que ella estaría en un lugar mejor que aquí en la tierra. A partir de ese momento se dio a la tarea de soñar en qué lugar le gustaría que estuviese para que fuese completamente feliz.
Comenzó a pensar en las cosas que a ella le gustaban: las flores (específicamente las margaritas) y que la casa estuviera ordenada y limpia. Le gustaba barrer el frente de la casa todos los días. Así fue pensando poco a poco en todos sus gustos y comenzó a imaginar aquel lugar como ella lo hubiese deseado. Cada día le agregaba algo distinto, jugaba con su imaginación y cada vez le parecía más maravilloso, imaginaba a su madre allí haciendo todas las cosas que ella había deseado siempre y llegó un momento en que la fantasía lo lleno de regocijo.
Al cabo de unos meses ya pensaba en eso con tanta alegría y emoción como si hubiese comprando un boleto de avión y hubiese pagado unas vacaciones en un lugar exótico donde mandaría a su madre. Por supuesto, eso sólo lo llevaba en su interior y nunca lo había compartido con nadie, tenía la certeza de que si se le ocurría plantear semejante idea a alguien, lo tomarían por un loco o un indolente.
Esa mañana finalmente llegó el día, estaba en el trabajo cuando lo llamaron de urgencia que su madre estaba muy mal. Llegó a la habitación y la tomó de la mano. Ella tenía los ojos cerrados, pero cuando sintió su mano los abrió. Le sonrió y entonces comenzó a hablarle:
— ¿Ya tienes todo listo para mi partida? — la escuchó, y la pregunta lo tomó de sorpresa.
— ¿De qué estas hablando? aún no te puedes ir de mi lado, te necesito — le respondió él, tratando de mantenerse tranquilo.
— No, ya llegó el momento, has preparado el más maravilloso lugar para que yo la pase bien en mi otra vida — continuaba ella diciendo mientras él la miraba desconcertado sin saber que pensar o que responder — me voy tranquila y contenta, porque sé que tú te quedas tranquilo ya que preparaste un hermoso lugar para mi. Ya no me necesitas y ahora sabes que yo estaré bien.
Él no supo que responder. Le dio un beso en la frente y la vio como cerraba los ojos tranquila y sonreía. Así sonriendo dejó de respirar y su mano se fue aflojando entre las de él.
Estaba solo en la habitación con su madre, sabía que lo normal era llorar, pero en ese momento vio de repente el lugar de su sueño y entonces la vio a ella, contenta, cantando y haciendo todas aquellas cosas que ella siempre había deseado, entre las margaritas que ella tanto amaba, la vio levantar su brazo y despedirse. Él entonces le dijo que la quería y levantó su mano y le dijo adiós.
viernes, 30 de marzo de 2012
lunes, 26 de marzo de 2012
viernes, 23 de marzo de 2012
La promesa a la Virgen de Lourdes
Estudiaba en la Universidad de Notre Dame en Estados Unidos y durante mis vacaciones recibí la visita de mi madre, se pasó aproximadamente un mes durante los cuales fui feliz porque me preparaba todos los platos que había estado anhelando por meses, en los que solo probaba comida chatarra.
Como sabía que era devota de la virgen de Lourdes, para ganarme su favor y que no le quedara duda de que me estaba portando bien durante mis años de estudios le conté que en la universidad había una replica de la Virgen. Por supuesto, ella quiso ir a hacer la visita y la dejé arrodillada frente a la imagen haciendo sus oraciones correspondientes mientras yo me dedicaba a recorrer el lugar.
Llegó el día del regreso de ella a nuestra tierra, ya íbamos en el vehículo de camino al aeropuerto cuando mi madre pegó un grito como que había olvidado algo. Cuando le pregunté de que se trataba me dijo, que ese día de su regreso, 11 de febrero, era el día de la virgen de Lourdes y que ella pensaba pedirme que pasáramos por la universidad para rezar unos avemaría antes de partir para el aeropuerto. Con las prisas lo había olvidado, quería dejarle encendida una vela.
Yo le contesté que no se preocupara. A mi regreso yo pasaría por la universidad y le encendería las velas a la virgen. “¿No se te olvida?” Me preguntó desconfiada, “No se preocupe mamá, mire, no una sino tres velas le voy a prender” le contesté. “Bueno”, me respondió, “le prendes las candelas y cuando me baje del avión compraré la loto, y le pediré a la virgen que me ayude a sacármela, entonces si tu le prendiste las velas y me saco la loto, te mandaré la mitad del dinero”.
Por supuesto después de despedirme de mi madre y haber pasado un mes sin poder estar de mi cuenta, en cuanto salí del aeropuerto olvidé por completo mi promesa. Solo volví a recordarlo un mes después cuando recibí por correo certificado un cheque de mi madre, me daba las gracias por no haber olvidado ponerle las candelas a la virgen y me mandaba el cheque tal y como habíamos convenido.
Miré el cheque en mis manos incrédulo, y salí corriendo a ponerle las candelas a la virgen. Después de todo parece que es cierto que la Fe es creer en aquello que no podemos ver.
Como sabía que era devota de la virgen de Lourdes, para ganarme su favor y que no le quedara duda de que me estaba portando bien durante mis años de estudios le conté que en la universidad había una replica de la Virgen. Por supuesto, ella quiso ir a hacer la visita y la dejé arrodillada frente a la imagen haciendo sus oraciones correspondientes mientras yo me dedicaba a recorrer el lugar.
Llegó el día del regreso de ella a nuestra tierra, ya íbamos en el vehículo de camino al aeropuerto cuando mi madre pegó un grito como que había olvidado algo. Cuando le pregunté de que se trataba me dijo, que ese día de su regreso, 11 de febrero, era el día de la virgen de Lourdes y que ella pensaba pedirme que pasáramos por la universidad para rezar unos avemaría antes de partir para el aeropuerto. Con las prisas lo había olvidado, quería dejarle encendida una vela.
Yo le contesté que no se preocupara. A mi regreso yo pasaría por la universidad y le encendería las velas a la virgen. “¿No se te olvida?” Me preguntó desconfiada, “No se preocupe mamá, mire, no una sino tres velas le voy a prender” le contesté. “Bueno”, me respondió, “le prendes las candelas y cuando me baje del avión compraré la loto, y le pediré a la virgen que me ayude a sacármela, entonces si tu le prendiste las velas y me saco la loto, te mandaré la mitad del dinero”.
Por supuesto después de despedirme de mi madre y haber pasado un mes sin poder estar de mi cuenta, en cuanto salí del aeropuerto olvidé por completo mi promesa. Solo volví a recordarlo un mes después cuando recibí por correo certificado un cheque de mi madre, me daba las gracias por no haber olvidado ponerle las candelas a la virgen y me mandaba el cheque tal y como habíamos convenido.
Miré el cheque en mis manos incrédulo, y salí corriendo a ponerle las candelas a la virgen. Después de todo parece que es cierto que la Fe es creer en aquello que no podemos ver.
jueves, 22 de marzo de 2012
miércoles, 21 de marzo de 2012
Lo que hemos hecho
Nos vamos, y con nosotros llevamos todas nuestras pertenencias, todos nuestros recuerdos. Hemos dejado atrás a la familia, los amigos, hasta al perro. Pero todos coincidimos que a donde vamos, estaremos en un mejor lugar, pasando un mejor tiempo. Por tanto, todos los que nos ven marcharnos, se despiden de nosotros con los ojos aguados y sonrisas en los labios. Dejándonos mensajes y palabras de afectos.
Hicimos muchas cosas en nuestra estadía. Dijimos muchas más. Entendimos que muchas de las que dijimos, se mezclaron con el aire, y se elevaron hasta el final del cielo. Pero las que hicimos, estarán en la memoria de todos los que nos conocieron. Sabemos que todos nos recordaran no tanto por las cosas que dijimos si no por la que hemos hecho.
Hicimos muchas cosas en nuestra estadía. Dijimos muchas más. Entendimos que muchas de las que dijimos, se mezclaron con el aire, y se elevaron hasta el final del cielo. Pero las que hicimos, estarán en la memoria de todos los que nos conocieron. Sabemos que todos nos recordaran no tanto por las cosas que dijimos si no por la que hemos hecho.
lunes, 19 de marzo de 2012
domingo, 18 de marzo de 2012
miércoles, 14 de marzo de 2012
Silencio y Soledad
Aquí estoy intentado dormir pero un silencio ensordecedor de la noche no me deja. A lo lejos escucho los grillos con su chirriar constante, con su melodía molesta que no desentona, que no tiene pausas, con la consistencia de los derechos. Ni la oscuridad tenebrosa de la noche los intimida para continuar con su canto. Los grillos, que cada noche se van de fiesta con sus compañeros y terminan en una fanfarria ruidosa, molestando a los vecinos que tratamos de conciliar el sueño.
Más cerca escucho el reloj, con su tic tac, que no se atrasa, ni se adelanta: Tic…Tac y lo quiero hacer callar, pero no puedo. El silencio lo motiva, lo ayuda y lo incentiva a continuar con su perpetuo y acompasado ritmo: tic….tac.
Pido, imploro silencio, pero la noche me grita. Me molesta el sonido silente que no me deja dormir, que penetra en lo más profundo de mi ser, me levanta de la cama y me obliga a tomar lápiz y papel, escribir y divulgar el secreto de la noche. Me pide que lo piense, que le escuche, que no lo destine al anonimato, que lo plasme y lo haga tinta y papel, que lo haga volar y viajar a otras tierras y a otras gentes.
El silencio huele a soledad y solo me acompañan los grillos, el tic tac del reloj y el ruido de la noche y pienso si así será la muerte. Un silencio ensordecedor, insoportable que nunca podremos volver a callar.
Odio el silencio porque respiro soledad. Pero tal vez mi destino es aprender a vivir con ellos y cuando los ame, los valore y aprenda a disfrutarlos, volveré a encontrar el camino para llegar a la compañía que tanto anhelo.
Más cerca escucho el reloj, con su tic tac, que no se atrasa, ni se adelanta: Tic…Tac y lo quiero hacer callar, pero no puedo. El silencio lo motiva, lo ayuda y lo incentiva a continuar con su perpetuo y acompasado ritmo: tic….tac.
Pido, imploro silencio, pero la noche me grita. Me molesta el sonido silente que no me deja dormir, que penetra en lo más profundo de mi ser, me levanta de la cama y me obliga a tomar lápiz y papel, escribir y divulgar el secreto de la noche. Me pide que lo piense, que le escuche, que no lo destine al anonimato, que lo plasme y lo haga tinta y papel, que lo haga volar y viajar a otras tierras y a otras gentes.
El silencio huele a soledad y solo me acompañan los grillos, el tic tac del reloj y el ruido de la noche y pienso si así será la muerte. Un silencio ensordecedor, insoportable que nunca podremos volver a callar.
Odio el silencio porque respiro soledad. Pero tal vez mi destino es aprender a vivir con ellos y cuando los ame, los valore y aprenda a disfrutarlos, volveré a encontrar el camino para llegar a la compañía que tanto anhelo.
lunes, 12 de marzo de 2012
domingo, 11 de marzo de 2012
viernes, 9 de marzo de 2012
Vete
Lloraba cuando nadie lo veía, y de vez en cuando se habla a sí mismo. Se susurraba lamentos. Se escondía debajo de los muebles. Nadie nunca le había hecho tanto daño. Tanto como para haber acabado en esta situación. Una vez había sido suficiente, y esta segunda ya era el colmo de la traición. Lo que una vez había sido una relación de armonía, proyectos y esperanzas, se había convertido en un abismo de dolor.
Piensa: "que se vaya, que se vaya y no vuelvas más". Espera que una nube la transporte hacia el otro lado del mundo, o que simplemente las circunstancias la lleven allá. Le gustaría decírselo, más bien gritárselo, pero la voz no le sale de tanto dolor. Revienta por dentro, en silencio, atascado en un sentimiento de impotencia y frustración.
Espera que el tiempo regenere sus pensamientos, que le hagan creer de nuevo en el amor. Sabe que los seres humanos se acostumbran a todo. A todo... hasta al dolor.
jueves, 8 de marzo de 2012
miércoles, 7 de marzo de 2012
Paradigma
Tomás siempre había sido así. Era una frase que repetía sin cesar desde hace muchos años, tantos que ya no lo recordaba. Cada vez que un conflicto se asomaba a la mesa de discusiones y él comenzaba con sus disertaciones y divagaciones, el resto del grupo solo miraba al cielo y se desesperaba. Sabían que estaría rumiando sin parar sobre la idea que tenía en la cabeza y todos se rifaban quien sería el atrevido que esta vez lo mandaría a callar.
Siempre se enojaba cuando alguien le hacía ver que estaba dispersándose y saliéndose del tema y que debía centrarse. Insultaba al que osaba sugerirle que fuera conciso y breve y se levantaba de la reunión y la abandonaba.
Siempre había alguien que después se acercaba y trataba de razonar con él explicándole que esa actitud era errada y que debía tratar de cambiar y su respuesta era: “siempre he sido así y nadie me va a cambiar”.
Después del último incidente, su jefe lo llamó a su oficina. Le dijo que estaba cansado de su actitud, que las reuniones se estaban volviendo insoportables cuando él estaba presente y que todos esperaban que él tomara una decisión al respecto. Cuando él le contestó con su respuesta habitual, que “el siempre había sido así” su jefe le respondió: “eso es un paradigma que debes romper, tu puedes cambiar, tu debes cambiar, y si no lo haces me veré en la obligación de prescindir de tu servicio”.
Tomás salió molesto de la reunión. Luego comenzó a pensar que definitivamente no iba a hacer nada, si su jefe quería que lo botara, él no estaba dispuesto a cambiar. Al final de la tarde se sentía triste, deprimido, tenía una sensación de que no iba a poder hacer nada para cambiar eso. Sabía que su trabajo estaba en juego, pensaba que no podía darse el lujo de perderlo. Le gustaba lo que hacía y apreciaba a sus compañeros a pesar de las discusiones eventuales. Entonces comenzó a pensar en su actitud, todos tenían razón, era un ser indeseable cuando se ponía de pedante en las reuniones. Salirse de las reuniones definitivamente que era una niñada, reconocía que estaba actuando mal.
Al llegar a su casa pensó que necesitaba cambiar, ahora se sentía mas esperanzado de que podía hacer algo, su jefe tenía razón, era un paradigma que necesitaba romper.
Al día siguiente cuando comenzó la reunión y pidió la palabra, trato de ser breve y centrarse en lo que quería decir. Todos se asombraron cuando rápidamente terminó la intervención. Al salir de la reunión, algunos se le acercaron y en silencio lo palmearon en la espalda. Sabía que solo había ganado una batalla, pero estaba dispuesto a ganar la guerra rompiendo su paradigma.
Siempre se enojaba cuando alguien le hacía ver que estaba dispersándose y saliéndose del tema y que debía centrarse. Insultaba al que osaba sugerirle que fuera conciso y breve y se levantaba de la reunión y la abandonaba.
Siempre había alguien que después se acercaba y trataba de razonar con él explicándole que esa actitud era errada y que debía tratar de cambiar y su respuesta era: “siempre he sido así y nadie me va a cambiar”.
Después del último incidente, su jefe lo llamó a su oficina. Le dijo que estaba cansado de su actitud, que las reuniones se estaban volviendo insoportables cuando él estaba presente y que todos esperaban que él tomara una decisión al respecto. Cuando él le contestó con su respuesta habitual, que “el siempre había sido así” su jefe le respondió: “eso es un paradigma que debes romper, tu puedes cambiar, tu debes cambiar, y si no lo haces me veré en la obligación de prescindir de tu servicio”.
Tomás salió molesto de la reunión. Luego comenzó a pensar que definitivamente no iba a hacer nada, si su jefe quería que lo botara, él no estaba dispuesto a cambiar. Al final de la tarde se sentía triste, deprimido, tenía una sensación de que no iba a poder hacer nada para cambiar eso. Sabía que su trabajo estaba en juego, pensaba que no podía darse el lujo de perderlo. Le gustaba lo que hacía y apreciaba a sus compañeros a pesar de las discusiones eventuales. Entonces comenzó a pensar en su actitud, todos tenían razón, era un ser indeseable cuando se ponía de pedante en las reuniones. Salirse de las reuniones definitivamente que era una niñada, reconocía que estaba actuando mal.
Al llegar a su casa pensó que necesitaba cambiar, ahora se sentía mas esperanzado de que podía hacer algo, su jefe tenía razón, era un paradigma que necesitaba romper.
Al día siguiente cuando comenzó la reunión y pidió la palabra, trato de ser breve y centrarse en lo que quería decir. Todos se asombraron cuando rápidamente terminó la intervención. Al salir de la reunión, algunos se le acercaron y en silencio lo palmearon en la espalda. Sabía que solo había ganado una batalla, pero estaba dispuesto a ganar la guerra rompiendo su paradigma.
lunes, 5 de marzo de 2012
domingo, 4 de marzo de 2012
viernes, 2 de marzo de 2012
Dulces Tentaciones
Cuando comenzaba la cuaresma siempre asistía a la misa del miércoles de ceniza. Con esta celebración comenzaba esa época de sacrificios. Su abuela le había enseñado: “no se come carne ni el miércoles de ceniza, ni los viernes de cuaresma”. Enseñanza que, debía hacer un gran esfuerzo para recordarla.
En realidad no entendía muy bien en que consistía el sacrificio de no comer carne. Finalmente a ella no le gustaba y por tanto no significaba un sacrificio. Por eso cuando el cura de la iglesia dijo que “debíamos tratar de hacer sacrificios que de verdad nos fortalecieran el espíritu y probaran la tentación de la carne”, había decidido que cambiaría su promesa de cuaresma. Ahí mismo, frente al santísimo, prometió que durante cuarenta días no probaría chocolates. ¡Ese era el mayor sacrificio que podía ofrecerle a Dios!
Dos semanas después casi maldecía la hora que se le había ocurrido cambiar su promesa por la de no comer chocolate. La verdad era que ahora, dudaba que lograría estar cuarenta días sin probar, aunque fuera un pedacito. Definitivamente había exagerado ¡Era demasiado sacrificio!
Hoy las cosas se había extremado, su mamá le había preparado de desayuno una taza de chocolate caliente con pan. Cuando llegó a la oficina, Martha, que había llegado de viaje, le había dejado una bolsa de chocolates de regalo sobre su escritorio. Después del medio día, habían celebrado el cumpleaños de Fabián y el bizcocho era de chocolate. En la tarde, como si fuera poco, su amigo la había invitado a tomar un café y había pedido de postre un cheesecake de chocolate “para compartir”.
Al fin llegaba a la casa después de haber logrado vencer todas las tentaciones que Dios le había puesto en el camino. Había salido airosa y llegaba sana y salva a la casa sin caer ni un solo momento.
Abrió la nevera para buscar algo de cenar y… no podía creerlo. En la puerta encontró un enorme beso de chocolate con una nota de su papa que decía: “Para mi querida hija: Había olvidado darte mi regalo del día de la amistad”. Miró el chocolate, lo tomó en sus manos y lo colocó sobre la mesa. Luego se sentó a contemplarlo con deseo.
Finalmente ¿qué son las tentaciones? Aquello de lo que nos alejamos con paso triste… pero con la dulce esperanza de que nos alcancen. Definitivamente, esta tentación había logrado su objetivo.
En realidad no entendía muy bien en que consistía el sacrificio de no comer carne. Finalmente a ella no le gustaba y por tanto no significaba un sacrificio. Por eso cuando el cura de la iglesia dijo que “debíamos tratar de hacer sacrificios que de verdad nos fortalecieran el espíritu y probaran la tentación de la carne”, había decidido que cambiaría su promesa de cuaresma. Ahí mismo, frente al santísimo, prometió que durante cuarenta días no probaría chocolates. ¡Ese era el mayor sacrificio que podía ofrecerle a Dios!
Dos semanas después casi maldecía la hora que se le había ocurrido cambiar su promesa por la de no comer chocolate. La verdad era que ahora, dudaba que lograría estar cuarenta días sin probar, aunque fuera un pedacito. Definitivamente había exagerado ¡Era demasiado sacrificio!
Hoy las cosas se había extremado, su mamá le había preparado de desayuno una taza de chocolate caliente con pan. Cuando llegó a la oficina, Martha, que había llegado de viaje, le había dejado una bolsa de chocolates de regalo sobre su escritorio. Después del medio día, habían celebrado el cumpleaños de Fabián y el bizcocho era de chocolate. En la tarde, como si fuera poco, su amigo la había invitado a tomar un café y había pedido de postre un cheesecake de chocolate “para compartir”.
Al fin llegaba a la casa después de haber logrado vencer todas las tentaciones que Dios le había puesto en el camino. Había salido airosa y llegaba sana y salva a la casa sin caer ni un solo momento.
Abrió la nevera para buscar algo de cenar y… no podía creerlo. En la puerta encontró un enorme beso de chocolate con una nota de su papa que decía: “Para mi querida hija: Había olvidado darte mi regalo del día de la amistad”. Miró el chocolate, lo tomó en sus manos y lo colocó sobre la mesa. Luego se sentó a contemplarlo con deseo.
Finalmente ¿qué son las tentaciones? Aquello de lo que nos alejamos con paso triste… pero con la dulce esperanza de que nos alcancen. Definitivamente, esta tentación había logrado su objetivo.
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